Con un marco de público importante y a pesar de las inclemencias climáticas iniciales, Sauce Sur en el Departamento Tala vivió una jornada bien campera.
El fin de semana largo Sauce sur se vistió de tradición con su 3er. Festival de Jineteada y Bailanta, un evento que no solo convoca por el espectáculo de las agrupaciones gauchas y el despliegue en el campo, sino por el profundo sentido comunitario que le da origen.
Silvia Lescano, presidenta de la Junta de Gobierno , dialogó con el programa Ciudades en Red TV y no ocultó su emoción al ver nacer y consolidarse este campo de jineteada: «Para mí, que soy de las cosas camperas, de lo patrio, izar nuestra bandera y cantar nuestro himno en este lugar me causa mucha emoción». Aunque la lluvia de la noche previa amenazó el comienzo, la jornada inició cerca del mediodía con un clima ideal y una respuesta importante del público.
El festival se pensó también como un motor económico regional: los stands de emprendedores y pilcheros tuvieron un costo mínimo para facilitar sus ventas en tiempos difíciles. En lo gastronómico, el clásico asado con cuero criollo fue la estrella indiscutida de la jornada, agotándose rápidamente entre los presentes.
Más allá del coraje en las montas, el verdadero triunfo del festival fue su fin solidario. Los fondos recaudados permiten asistir a vecinos de este paraje carenciado ante emergencias médicas y traslados, estirando los recursos con los que cuenta la junta local. “Esto nos permite que, si alguien necesita un remís, un medicamento o estudios, podamos ayudarlo”, destacó Lescano.
En esa misma sintonía, la comunidad educativa destacó la envergadura del evento para el paraje. Natalia, docente de la Escuela N° 2 «Ernesto Bavio», quien llevó adelante un puesto en el predio junto a la Escuela N° 56, enfatizó el profundo impacto que tiene esta celebración más allá de las aulas:
«Para nosotros estar acá trabajando significa un montón, no solo por lo económico, que nos viene recontra bien, sino también porque es una manera de trabajar con la comunidad, de conocernos con las familias, de estar como más unidos, más conectados. Y también con los chicos, que ellos van aprendiendo desde chiquitos y mirando el ejemplo de los papás esta manera de colaborar y de trabajar con las instituciones».
El festival se pensó desde el inicio como un alivio colectivo. Por un lado, dinamizó la economía regional cobrando un canon mínimo a los stands de los artesanos y pilcheros de la zona para que pudieran comercializar en tiempos difíciles. Por el otro, el clásico asado con cuero criollo —estrella indiscutida de la gastronomía del evento— se agotó rápidamente. Pero el verdadero triunfo del festival estuvo en su fin solidario: lo recaudado se destina a estirar los magros recursos de la junta local, permitiendo asistir a los vecinos de este paraje carenciado ante emergencias médicas, medicamentos o traslados en remís que de otro modo serían inaccesibles.

